Uno de los tópicos que más se oye al hablar del cine chino es que es muy diferente al cine occidental, pero a la vez explica historias muy cercanas a cualquier espectador, y Buddha Mountain es un ejemplo perfecto. Buddha Mountain es un producto claramente chino, con personajes muy chinos en un ambiente chino, pero que a la vez nos trata temas universales en situaciones con las que cualquier espectador se puede identificar.
La historia se desarrolla en Chengdu, donde tres jóvenes huyen de los problemas de su vida cotidiana escudándose en la amistad, sin preocuparse de lo que pase mañana. Los tres personajes se encuentran perdidos en la ciudad a la que se han visto arrastrados, ninguno de los tres aprobó los exámenes de la universidad y eso en China significa que tienen que buscarse la vida de maneras variopintas. Nan Feng (Fan Bing Bing) se dedica a cantar en clubs nocturnos en la ciudad a la que ha llegado huyendo de la vida en el campo: su madre y su alcohólico padrastro. Ding Bo (Chen po Lin) conduce una moto-taxi ilegal, teniendo que esconderse de la policía a menudo. En Chengdu vive su padre, que se va a casar con una mujer más joven que él a la que Ding Bo desprecia, piensa que su padre está insultando la memoria de su difunta madre. Y Fei Zao (Fei Long) es el contrapunto cómico, poco se nos explica de Fei, pero poco a poco vemos que este personaje gordinflón y bonachón es quien mantiene unido al grupo.


Los tres comparten apartamento hasta que reciben la noticia que van a derribar su edificio, y se ven obligados a buscar un nuevo sitio para vivir. De esa manera conocen a Chang Yue Qin (Sylvia Chang) una cantante de Ópera China retirada y solitaria que alquila tres habitaciones en su casa. Desde un primer momento el personaje de Yue Qin se nos presenta como una mujer malhumorada y que no quiere tener nada que ver con sus nuevos inquilinos: les dicta una larga lista de normas de convivencia para que tengas que interactuar lo mínimo. Poco a poco el espectador descubre que hay una razón tras la amargura de Yue Qin, pero todo se nos muestra a base de pequeñas pistas: un policía en su puerta pidiéndole que acabe el papeleo que tiene pendiente desde hace un año, un coche destrozado escondido en un garaje, y una joven que se presenta a su puerta de noche con un pastel de cumpleaños…
Los tres jóvenes se dedicarán a hacerle pequeñas gamberradas a la casera (genial el momento en que le cambian el video de ópera con el que practica a las 6 de la mañana por una peli porno y le quitan las pilas del mando) hasta que una noche, algo inesperado les acerca al drama que vive la enigmática mujer. En este punto es cuando los tres personajes empiezan a madurar y a preocuparse por alguien fuera de su círculo.


La película juega con los sentimientos de una gran parte de la juventud china actual, que no encuentra lugar en la sociedad, y lo contrapone con la generación anterior, que tiene todas sus esperanzas puestas en la siguiente. Todo ello con una historia de amor como telón de fondo. Y dando pequeñas pinceladas a las historias personales de cada uno de los personajes. De pequeñas pinceladas es justo de lo que trata la película, trozos de pequeños dramas se intercalan con la historia principal, a veces rompiendo la narración, y a veces haciéndola fluir de modo que el espectador a veces se pregunta si no le falta un trozo de película en algún lado.
Y dicho todo esto hay que hablar de uno de los logros de la película, y es que no la mueven ni la cinematografía, ni los diálogos, ni tan siquiera los personajes, sino los silencios. Todos los momentos importantes del filme se desarrollan a base de silencios: si una conversación deja algo inacabado, cuando los personajes dejan de hablar, sus miradas y sus actos nos darán la solución al problema sin mediar palabra. Si bien es cierto que la película se basa más en los personajes y en sus relaciones que en una historia en sí, estos silencios son los que nos dan la profundidad de las escenas más importantes, y si la película comienza con una canción, acaba precisamente con la importancia de un largo silencio. Y esto es algo muy difícil de hacer sin aburrir al espectador, pero Buddha Mountain lo hace de una manera sublime.


En cuanto a la actuación, no falla nada. Fan Bing Bing y Sylvia Chang están fantásticas, y Chen Bo Lin y Fei Long no exageran sus papeles en ningún momento, algo muy difícil cuando se tiene un personaje tan manido como por ejemplo el de Fei Long. Destacamos la actuación de Fan BingBing (la de Sylvia Chang siempre destaca) ya que una actriz muestra lo que vale cuando se aleja de maquillajes e historias grandilocuentes para dar vida a un personaje común en una historia como esta (como hizo también Zhou Xun en “The Equation of Love and Death”).


Yo tengo que decir que no soy muy dado a este tipo de películas, pero desde que vi el anuncio en la televisión de un autobús un par de meses antes del estreno me picó la curiosidad. Finalmente la semana pasada pude ver la película en una versión sin subtítulos en inglés, pero gracias a Dios con subtítulos en chino, lo que hizo mucho más comprensible el fuerte acento de alguno de los personajes.
En cuanto la película empieza es difícil desengancharse de la pantalla, y es difícil decir porqué, la historia no parece tener una finalidad clara, pero el espectador siente curiosidad por los personajes desde el principio, y son ellos los que le llevan de la mano a través de sus vidas en la China del siglo XXI, fuera de tópicos: no es ni una gran urbe súper moderna ni un pueblo donde la gente pasa hambre. Bienvenidos a una realidad más en China.

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