Aunque todavía a años luz de algunos vecinos, parece que la literatura china se va haciendo un hueco en nuestras librerías. Y no hablo ya de librerías indies gafa-pasta, sino también de aquellas situadas en centros neurálgicos y comerciales de la ciudad. Si bien hasta hace poco los títulos de China estaban condenados a permanecer escondidos en secciones muy específicas de las librerías – un Dao De Jing malinterpretado, por ejemplo, en la sección de libros esotéricos- ahora algunos se sientan cómodamente en la mesa central de los privilegiados, quizá junto a Murakami, García Márquez, e incluso a la derecha del abuelo que se lanzó por la ventana.

Es obvio que el súbito interés y la reciente situación de la literatura china en nuestras estanterías responde a una serie de acontecimientos en el panorama político internacional, entre los cuales destacan premios y galardones que están subordinados a intereses con mucho ánimo de lucro. Dejando de lado motivos ulteriores y otras causas, estamos dando pasos en positivo. Por una parte, la temática de las obras que se deciden publicar en nuestro país se está ampliando. Hasta hace poco, los títulos que tenían oportunidad de imprimirse eran aquellos que flirteaban con la controversia, bien porque hubieran sido censurados, o bien porque contenían un ataque político, o porque prometían provocar las lágrimas y compasión del lector a base de crudos testimonios. Ahora, sin embargo, ya no es tan difícil encontrar obras de todo tipo, de temática variada, desde ensayo a novela, grandes clásicos, relato corto e incluso cómic o libros ilustrados.

Además de esto, para mí, uno de los mayores avances (lejos todavía de ser un gran logro) ha sido en materia de traducción. Se traducía muy poca literatura china, y cuándo se hacía, se procedía a hacer una traducción indirecta, es decir, se traducía la obra seleccionada de una previa traducción al inglés o al francés.

De esta manera las editoriales podían prescindir de buscar traductores nuevos, pero, más importante, es que se ahorraban un buen pellizco, ya que la traducción del inglés o el francés es mucho más barata que la traducción del chino. Por supuesto, también influye que la traducción como labor no recibe la importancia que tiene, y malas traducciones han dañado, en mi opinión, la recepción de algunas obras chinas. Sin embargo, esto está cambiando, quizá porque el grueso de expertos en China está aumentando, y con ello el conocimiento. Además, contamos con un número de excelentes traductores del chino tales como Laureano Ramírez, ganador Premio Nacional de Traducción ( Los mandarines, El arte de la guerra) , Alicia Relinque (El erudito de las carcajadas, Tres dramas chinos ), Anne-Hélène Suárez Girard (¡Vivir!, Cambios), Carles Prado (Canvis, Pan Gu crea l’univers.Contes tradicionals xinesos, Diari d’un boig i altres relats), entre muchos otros, y resultaría ridículo seguir recurriendo a traducciones indirectas con semejantes personalidades a nuestra disposición. Muchas editoriales han decidido reeditar libros ahora con una traducción directa, como ha sucedido con algunas obras de Mo Yan. Seix Barral también ha invertido en traducciones directas del gran autor Yu Hua, y poco a poco se está convirtiendo en el ejemplo a imitar.

Esta entrada responde un poco a una declaración de intenciones, o más bien una explicación de las razones detrás de mis elecciones literarias. Son las pequeñas cosas que observo antes de elegir un título, y quizá algo que explica alguna de mis futuras reseñas, si me permiten seguir colaborando.

Es, a la vez, una llamada de atención, una petición a los lectores, acercarse a la literatura china a través de buenos trabajos, ya que no se debe juzgar una obra si nos hemos acercado a ella de una forma demasiado lejana, como por ejemplo, a través de una traducción indirecta.