Si has seguido la filmografía de Yorgos Lanthimos ya habrás empezado a intuir que tiene algún tipo de asunto no resuelto con la institución de la familia. Y por supuesto The Killing of a Sacred Deer, su última película, no iba a ser menos. Lanthimos busca esta vez la inspiración en la tragedia griega y pone toda su capacidad técnica al servicio de un asfixiante thriller psicológico.

Steven Murphy (Colin Farrell) es un cardiólogo de renombre que desarrolla una peculiar relación con un adolescente llamado Martin (Barry Keoghan), empeñado en integrarse en el paisaje familiar de Steven. Si bien como espectadores tendremos que esperar hasta más o menos la mitad de la película para entender su extraña relación, las cosa se irán poniendo extrañas hasta que el mito de Ifigenia haga su entrada y entendamos, al fin, las motivaciones de los personajes.

 Lanthimos se convierte en dios detrás de la cámara tomando distancia de sus  personajes mediante planos generales y lejanos y unos diálogos fríos, impersonales y de cadencia estudiada. Sumémosle una banda sonora estridente y discordante, y la sensación de extrañeza está servida: el desconcierto te acompañará durante todo el metraje, pero si lo aceptas, te dejas llevar y entras en la película, valdrá la pena

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